Madrid Rojo

Reflexionar desde la izquierda

Entrevista a Alberto Arregui, miembro de la Presidencia Federal de Izquierda Unida, sobre la situación política en la coalición (I)


“Decían los clásicos, que los dioses enloquecen a aquellos que quieren perder, el dios sistema ha enloquecido a los aparatos de IU”

Alberto Arregui es miembro de la Presidencia Federal de Izquierda Unida, órgano que no reconoce la candidatura de IUCM al Ayuntamiento de Madrid.

Me gustaría preguntarte por los nudos más polémicos de un artículo que has publicado recientemente en Rebelión: “Izquierda Unida, ¿crisis permanente o crisis final? El reto de Alberto Garzón”. ¿Te parece?

Me parece

¿Por qué te presentas como “miembro de la Presidencia Federal de IU, órgano que no reconoce la candidatura de IUCM al Ayuntamiento de Madrid”?

Porque el candidato de la militancia de IU, y de quienes participaron en la primarias, a la alcaldía de Madrid es Mauricio Valiente. Hago una reivindicación directa del funcionamiento legal de IU sobre las decisiones de camarillas. La Presidencia Federal es el órgano político que dirige al conjunto de la organización, el coordinador general y los demás miembros de la Comisión Ejecutiva deben seguir las directrices marcadas por este órgano. Para que se entienda; en términos de la sociedad Cayo Lara y la camarilla Llamazares-IUCM, han dado un golpe de Estado, han ignorado al parlamento y apoyan a quienes la Presidencia Federal expulsó de IU por su relación con el escándalo de Bankia. Han suspendido las reuniones de los órganos hasta después de las elecciones. Perdieron en los órganos pero quieren sabotear tanto la política de unidad de la izquierda como el cambio que representa Alberto Garzón. La Presidencia Federal declaró, expresamente, que no reconoce la candidatura de IUCM al ayuntamiento de Madrid. La militancia de IU en la ciudad de Madrid estamos en Ahora Madrid.

Te cito: “Todo cambio social profundo implica el choque entre clases que contraponen intereses materiales y, por tanto, concepciones políticas y éticas enfrentadas. Las épocas de crisis de las estructuras de dominación se saldan con la pugna por cambiar el statu quo, por una parte de la sociedad, y el mantenerlo, por parte de la clase dominante de turno”. ¿Estamos en este punto álgido o solo es un apunte teórico para enmarcar tu reflexión?

Intenta ser un diagnóstico del contexto en el que estamos viviendo. La historia posee una dinámica interna, el choque entre intereses materiales irreconciliables de clases sociales opuestas, a eso hay que añadir una tendencia del sistema actual, el capitalismo, a agotar los recursos naturales sin importarle el futuro. Marx, citando a La Pompadour, decía que los capitalistas tienen una filosofía: “aprés moi le deluge”, después de mi el diluvio. Hoy es así más que nunca; el sistema económico que domina la escena mundial está agotado, y en su decrepitud destruye las propias bases sobre las que puede existir la civilización humana. Sí, es un momento álgido, es una oportunidad en sentido histórico, de transformar la sociedad, de frenar el declive hacia el desastre. Rosa Luxemburgo, injustamente relegada, decía, citando a Engels, que el dilema de la humanidad era socialismo o barbarie. Debemos actualizar esa idea, la barbarie avanza en el planeta cada día, es un hecho, y tenemos que ser capaces de oponerle una alternativa de futuro. Es un momento álgido, también, porque la conciencia de una gran parte de la sociedad, del pueblo, se está transformando con dos vectores, la comprensión de que una minoría nos roba a manos llenas, y la experiencia de que la lucha y la unidad pueden transformar la realidad.

Hablas a continuación de las luchas internas en cada campo. ¿Cuáles son, en tu opinión, las luchas internas más importantes en el campo de las clases hegemónicas, las de la casta-trama-costra?

En la clase dominante el fundamento de su enfrentamiento es muy sencillo; sólo se producen discrepancias de método, de cómo mantener su dominio de la sociedad. Lo que sucede es que cuando el riesgo de perder el dominio crece, también lo hacen las tensiones entre diversas fracciones. Por eso tiene un valor sintomático ver los choques políticos que se producen entre ellos, la necesidad de recurrir a nuevos partidos como el caso de “Ciudadanos”, el reagrupamiento en torno al nacionalismo español frente a las nacionalidades periféricas… Han intentado usar como arma arrojadiza la corrupción, que unos utilizan contra otros y ha estado a punto de escapárseles de las manos, como en el caso Bárcenas o Bankia… porque la revelación de corrupción masiva cuestiona el conjunto del sistema a los ojos de quienes padecen la crisis directamente.

¿Y las luchas más decisivas entre los colectivos de las clases desfavorecidas y/o sus instrumentos políticos y organizativos?

Antes de entrar de lleno me gustaría explicitar una idea: no estoy hablando de intenciones personales necesariamente. Salvo casos contados, una buena parte de los implicados piensa que está haciendo lo correcto con la defensa de sus posiciones políticas. Claro que hay siempre oportunistas profesionales, como Moral Santín y sus secuaces, o Felipe González y los suyos, pero eso es secundario, de lo que debemos hablar es del papel objetivo que juegan unas determinadas posiciones políticas, más allá de la intención.

Yendo a la pregunta, diré que en mi opinión la lucha más feroz se establece en torno al posibilismo reformista frente al cambio con ruptura del statu quo. Eso afecta también a la unidad, a las alianzas hipotéticas de fuerzas políticas, por ejemplo la tendencia a gobernar con el PSOE, como ha hecho IU en Andalucía, lo que implica una defensa de la capacidad de autoreforma del régimen político que se forjó a partir del pacto social de la Transición. En un sentido más amplio lo podemos simbolizar en la Constitución; estarían los partidarios de su reforma, que es la posición del PSOE y son legión en IU y Podemos, o aquellos que apostamos por el objetivo de un nuevo proceso constituyente. Por fin, en el terreno de la economía tenemos la misma tensión, entre quienes defienden un “nuevo modelo productivo”, lo que incluye a dirigentes de UGT y CCOO, del PCE, de Podemos, del PSOE, y quienes defendemos unas nuevas relaciones de producción. Los primeros piensan que la tarea de la izquierda si alcanza el poder es la de “estabilizar el capitalismo”, mientras que nosotros pensamos que debemos superar el capitalismo.

Dos preguntas sobre esta última reflexión: ¿y cómo concibes, cómo se organiza, qué pasos deben darse, para tirar adelante ese proceso constituyente?

En mi opinión, y muy esquemático, lo determinante es conseguir un cambio irreversible en la correlación de fuerzas en la sociedad. Lo que exige, al menos, basarse en la movilización, la implicación en la participación consciente de la mayor parte de la clase trabajadora, la juventud, estudiantes, movimientos sociales de todo tipo, partidos de izquierda y sindicatos. Forjar la unidad en la movilización, elaborando unos objetivos de ruptura con el actual régimen, tanto en el terreno democrático como en el económico. El objetivo es dotarnos de unas nuevas normas de convivencia, nuevas normas del juego, poner la sociedad en manos de la mayoría, y eso puede tener un símbolo que marque el rumbo: una nueva constitución elaborada desde abajo que salde la deuda histórica que no alcanzó el continuismo de la transición.

Los que defendéis, dices, unas nuevas relaciones de producción. ¿Y eso como se consigue en estos momentos? ¿No se está soñando, no estamos pidiendo de nuevo el paisaje lunar?

Un porcentaje de sueños es lo único que hace que un proyecto sea posible. La imaginación, la capacidad de confiar en nuestra fuerza para transformar la historia es el factor determinante para alcanzarlo. Marx, en una formulación insuperable, establecía la transición de la conciencia colectiva de los oprimidos de clase en sí, a clase para sí, como el trampolín de la revolución social, y tenía razón. La conciencia de los intereses comunes frente a los poderosos y la confianza en la propia fuerza son el umbral de la transformación social y se está produciendo ese proceso que nos lleva al reto de construir una nueva sociedad. La vieja sociedad agoniza y la nueva debe nacer si queremos tener futuro. Solo pedimos aquello que nos pertenece. Es un sueño que se puede convertir en realidad con la lucha, la unidad y el programa adecuado.

Otra más, me olvidaba: ¿tú no estarías, pues, a favor de ningún pacto con el PSOE, o algunas de sus variantes, sea cual fuera la circunstancia, comunidad o institución?

Es mejor ser concretos en esto, no hay una norma de aplicación universal. El famoso pacto de Francisco Frutos con Joaquín Almunia fue un desastre, algo que nunca debíamos haber hecho, como lo ha sido el participar en la Junta de Andalucía, como lo fue estar en un gobierno con el PNV, o el tripartito catalán. Por la sencilla razón de que los líderes del PSOE, salvo en aspectos democráticos, comparten en el terreno económico lo sustancial de la política del PP. Lo determinante es el programa, desde luego, y también lo son las personas, si quieres una mascota vegetariana no te compras un tigre. Por eso, en el gobierno del Estado español es imposible, en estos momentos, tener un programa común de gobierno con el PSOE, y en los gobiernos autonómicos es casi imposible. Quizá, en los municipios es más fácil ponerse de acuerdo en un programa municipal para reparar los destrozos del PP, y aun así, si el PSOE no cede en su defensa del sistema, sería mucho mejor un acuerdo de legislatura, con libertad de voto en cada cuestión que un compromiso. Ya que un pacto con alguien que está a tu derecha implica siempre aceptar una política de derechas y eso es una incongruencia.

Hablando de la llamada “Transición” señalas que el mérito de los reformadores del franquismo “fue comprender que no podían derrotar al movimiento obrero, pero que si podían entenderse con sus dirigentes”. ¿Y cómo es que estos se entendieron con aquellos? ¿No había otra? ¿No habría que distinguir entre el PSOE y el PCE o todo fue uno y casi lo mismo?

La Transición es un tema en sí mismo… me da miedo que la brevedad produzca malentendidos, pero me arriesgo a decir algo. En la base teórica está la incomprensión de la genial formulación de Marx y Engels acerca de la Revolución Permanente, la vinculación necesaria de la revolución democrática y la revolución socialista. Pero más concretamente, la clave de la psicología de los dirigentes del PSOE y del PCE en ese período tiene dos factores que ayudan a entenderlo. Estaban traumatizados históricamente, carecían de proyecto alternativo, tanto la socialdemocracia como el eurocomunismo eran la teorización de que el socialismo era un objetivo imposible. Eran, en consecuencia, incapaces de tener confianza en sus propias bases y en la fuerza que desarrollaba el movimiento antifranquista, tenían miedo y querían pactar a cualquier costa. Pero además, para ellos se abría una perspectiva nada despreciable, la posibilidad de ser diputados, senadores, o ministros en un futuro cercano. Las estructuras de esos partidos, hijos de la clandestinidad y de la tradición estalinista, carecían de mecanismos democráticos para atar a los dirigentes. Aun así la batalla fue muy dura y se prolongó durante toda la Transición (hasta el 78) y la post transición. En el caso del PSOE hasta el congreso extraordinario de 1979, y con los sindicatos hasta después de la Huelga General del 14 D del 1988.

Hay una base común entre el reformismo monárquico heredero de la dictadura y los dirigentes del PSOE y del PCE, la de evitar por todos los medios un movimiento fuera de su control. Se vio muy bien en momentos clave, como Vitoria en marzo del 76 o la matanza de Atocha en enero del 77. A partir de ahí una colaboración que parece contra natura se va reforzando. Es un proceso que adquiere su propia lógica; Suárez se enfrenta a los franquistas irreductibles a los que debe frenar, la dirección del PSOE y la del PCE a los elementos revolucionarios que no aceptan la reforma del franquismo, el olvido y la monarquía del pacto social. Acaban forjando una alianza contra “sus enemigos” comunes y se simboliza en que Carrillo y Suárez, Felipe y Suárez, se hacen íntimos amigos, mientras los marxistas fuimos diezmados, expulsados o arrinconados en ambos partidos. Yo mismo estaba en la dirección federal de las Juventudes Socialistas y del PSOE y fui expulsado en la primavera del 77.

Pero, sin negar ni discutir tus razones, ¿no había razones objetivas para el miedo? La derecha extrema no estaba desnuda, la extrema derecha actuaba con toda la fuerza de sus puños, armas y conexiones parapoliciales. Lo demostraron varias veces.

Siempre hay razones para el miedo, y es un sentimiento natural y muy legítimo, para lo que no había razones es para la cobardía. Mientras los militantes nos jugábamos el tipo, se estaba pactando a nuestras espaldas. En Portugal también podían tener miedo, pero rompieron las cadenas, aquí decidieron darle una mano de pintura al sistema. El proceso era justo el contrario, la dictadura se descomponía, la clase dominante estaba dividida, una crisis generalizada que alcanzaba a los aparatos de dominación incluido el ejército y la Iglesia católica. La extrema derecha actuó todo lo que pudo, y si no dio un golpe de Estado fue porque no podía, y cuando pudo lo intentó en 1981. El propio Suárez, que reconoció que la Transición tal como se hizo se debió a la colaboración de Carrillo, al frente del PCE, y de González, al frente del PSOE, decía que si no hacían ese pacto se enfrentaban a un “dilema entre conservadurismo o revolución”. Son sus palabras, no las mías.

¿Las recuerdas, recuerdas lo que dijo Suárez?

Fueron estas: “Frente al dilema conservadurismo o revolución optamos por un programa de cambios sociales y económicos audaces que permitiera el arraigo auténtico de la democracia”. La Transición fue una ocasión perdida, la clase obrera, las bases de partidos y sindicatos estaban decididas a luchar, pero se convirtió en una derrota, y aún estamos pagando las consecuencias.

Hablas de aquellos dirigentes políticos y sindicales “que se han acostumbrado a vivir del Estado, de las empresas, de los cargos institucionales, de los pagos de Bankia… en definitiva que se han hecho parte del sistema y del régimen del 78”. ¿Y por qué y cómo hemos llegado a este grado de degeneración política, incluso moral si la palabra aquí no es un churro que no viene a cuento?

Bueno, en algunos casos si podemos hablar de un proceso de corrupción, degradación moral… en definitiva un cambio de bando. Pero me gustaría creer que en muchos casos es más bien un proceso de adaptación. Decía Marx que el ser social determina la conciencia, es decir que si esta forma de sociedad y sus estructuras te proporcionan una vida cómoda, te adaptas y acabas considerando tus enemigos a quienes venimos a perturbar la paz social, pues los huelguistas, manifestantes y contestatarios en general, nos convertimos en una amenaza para los que reciben sus sueldos del Estado, del pacto social. Es un hecho, quien paga al músico, y al poeta, decide la melodía y la letra.

Detrás de eso estaba la falta de participación política. Eso es lo que lo ha trastocado todo, las conciencias han cambiado y toda la estructura del conformismo se ha tambaleado.

Enfrentados a ellos, añades, “aquella militancia y una parte de los dirigentes que se sienten identificados con las aspiraciones de la clase trabajadora, que siguen creyendo en que la única alternativa conduce al camino de una sociedad socialista”. ¿Qué crees que habría que entender en estos momentos por sociedad socialista?

Esta sí que es una pregunta compleja pero irrenunciable. Se trata de defender o no la idea de la democracia consecuentemente. Me explico; podemos aceptar que existen reductos en los que no puede entrar la democracia, como los bancos, las grandes empresas, el ejército, la judicatura, la policía… o defender, que la única sociedad que puede hacer feliz al ser humano, que puede responder a nuestras necesidades y que puede frenar la destrucción del planeta, es aquella en que las decisiones se tomen de acuerdo a la democracia en todos los ámbitos de la vida. Eso es el socialismo. Claro, eso exige una base económica diferente, una alteración de las relaciones de propiedad. Los cambios decisivos en la historia, como las revoluciones burguesas que cambiaron el mundo para siempre, se producen sobre una alteración en las relaciones de producción. La sociedad produce la riqueza, luego la sociedad debe ser la propietaria y la administradora de la riqueza en beneficio social no de un grupo particular, sea de empresarios o banqueros, sea de los burócratas del partido. La formulación teórica es más sencilla, pero está por construir. Eso es lo bello del proyecto socialista, saber que no está en un manual sino en nuestras manos.

Vuelvo a copiar un paso suyo: “La dirección a veces juega un papel que podríamos llamar bonapartista, inclinándose entre los grupos en conflicto. Algo que hasta cierto punto han hecho Cayo Lara, o José Luis Centella, pero ahora parece que el coordinador general de IU ha dejado ese papel de juez imparcial del que le gustaba alardear, para implicarse con todas las consecuencias con el ala de derechas, la de Llamazares, la del “partido Bankia”, la del “club de la ceja”, la de PRISA, la de los despachos de los aparatos de CCOO y UGT”. ¿No unes aquí a tirios y troyanos? ¿Llamazares, partido Bankia, PRISA, aparatos de CCOO y UGT? Por lo demás, ¿eso no es una pedrada fuerte-muy-fuerte dirigida a la coordinación actual de IU? ¿También del PCE?

Los oleajes arrojan sobre la orilla objetos diversos, arrastrados por la misma fuerza. En ese batiburrillo existe un vínculo que les une objetivamente, no es que se reúnan a tomar café, que no lo sé, sino que trabajan en la misma dirección, se apoyan. El proceso tiene su dinámica interna (“es locura pero tiene método”, diría Shakespeare), lo difícil es dar el primer paso, una vez que piensas que el enemigo es Podemos, y no la burguesía, que piensas que Podemos es producto de una maniobra del capital financiero y no el producto de una necesidad social y de tus propios errores, y que consideras que los jóvenes como Alberto Garzón, Lara Hernández, Marina Albiol o Javier Couso, son advenedizos que pueden moverte el sillón, en lugar de ver en ellas y ellos el futuro de una sociedad mejor, entonces pierdes el juicio. Decían los clásicos, que los dioses enloquecen, como primera medida, a aquellos que quieren perder. El dios sistema ha enloquecido a los aparatos de IU.

Sobre la historia reciente de IU te pregunto ahora: “Era el año 2008, noviembre, cuando se celebró la IX Asamblea federal de IU. Gaspar Llamazares había conseguido hurtar el resultado de la VIII Asamblea federal y, a pesar de haber quedado en minoría, se mantuvo un mandato más, trucando los resultados y forzando al candidato alternativo, Enrique Santiago, y a quienes lo habíamos respaldado, a aceptar la situación creada o enfrentarse a la escisión”. ¿Fue así? ¿No exageras o tergiversas aquel resultado? ¿Y por qué Enrique Santiago no montó en cólera? Por cierto, ¿qué posiciones defiende en la actualidad?

¡Ojala fuese una exageración! Llamazares se agarró al poder, con ese cesarismo típico de tantos dirigentes políticos, y estaba dispuesto a triturar IU en beneficio de su camarilla, pues su proyecto de una alianza estratégica con la socialdemocracia estaba por encima de eso, como luego demostró al intentar destruir la federación valenciana de IU, dando respaldo a las tránsfugas, como hizo en el País Vasco, yendo con su amigo Luis García Montero a respaldar a Madrazo que estaba empantanado por sus pactos de gobierno con el PNV. No sólo Enrique Santiago, mucha militancia montó en cólera, pero no veíamos una escisión, sino seguir luchando por cambiar las cosas, y Enrique sigue ahí, es uno de los valores más sólidos que tienen IU y el PCE. Si él hubiese estado al frente de cualquiera de esas dos organizaciones querría decir que las cosas eran muy distintas.

Vuelvo a citarte: “ya se empezaba usurpando las decisiones de la asamblea y del consejo federal para ser sustituido por el juego de camarillas, negociaciones secretas y bambalinas, otro mal presagio, y peor comienzo. IU estuvo sin coordinador un mes, obteniendo un porcentaje de respaldo del 55% en el CPF, algo inferior al que podría haber obtenido de haberse presentado a la votación de los miembros del CPF elegidos en la Asamblea Federal, alcanzando un acuerdo con las otras candidaturas de izquierdas como solía ser habitual”. Si hubiera podido ser así, ¿por qué no lo hizo? ¿Por qué, si me permites, fue tan tonto o tan sectario?

Miedo, se llama miedo. Creo que no tanto por parte de Cayo, como por otras personas que no querían depender del ala izquierda, sino tener un acuerdo con el ala derecha. Cayo quería ser el “coordinador de todos”.

A Cayo Lara le das un gran mérito: haber impedido una escisión en IU. La organización, admites, “estaba al borde de la desaparición, siendo cierto que el coordinador supo negociar y atemperar los enfrentamientos de los diversos barones y taifas”. No es poco, no está mal.

No es poco, pero ha sido insuficiente. Como dice el Eclesiastés, hay un tiempo para cada cosa. Una vez salvada la crisis tocaba dar cauce a las ansias de cambio político que hervían en la sociedad y ahí, es donde no hemos sabido estar a la altura, no hemos sido capaces de deshacernos de la esclerosis política, democrática y organizativa. No es una cuestión generacional sino de contaminación, necesitamos una nueva dirección y la paradoja es que existen esas personas pero el aparato burocrático las está bloqueando. No deja de ser una ironía el que Cayo fuese un candidato frente a la descomposición de IU propiciada por el llamazarismo, y ahora sea un férreo aliado de este sector.

Necesitamos sangre nueva, que aumente la participación, que la sociedad se movilice. Rosa Luxemburg decía que es necesario que la sangre circule entre la organización y el pueblo y que tenga un latido común, y la dirección de IU padece de un caso extremo de arteriosclerosis.

Se estaban acumulando errores de dirección, afirmas. Te pregunto a continuación sobre ello.

Cuando quieras.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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